Me senté en mi cama. Mi propia respiración me parecía ajena, inútil en mi cuerpo, un cuerpo ya muerto. Sentí mi corazón latir ya sin motivo, como una piedra de hielo ardiente, y que a pesar del frío, muere de calor. Estuve mucho tiempo mirando mis pies, sintiéndome más extraña que en toda mi vida. Notaba un profundo e inmenso vacío en mi interior, algo que sabía que nunca, jamás, llegaría a llenarse. Tendría que aprender a vivir con aquello. Cuando dejó de entrar luz por la ventana de la torre y me quedé a oscuras, me levanté y pegué la mejilla derecha a la pared. Escuché atentamente, pero no me llegó ningún sonido del otro lado de la enorme piedra. Así que salí al estrecho pasillo y giré hasta encontrar una puerta de madera. Sabía a dónde conducía. Llamé con los nudillos a la puerta suavemente. Se oyó un golpe dentro, pero nadie abrió la puerta ni respondió a mi llamada. Apoyé la espalda contra la puerta y me deslicé hasta quedar sentada en el suelo. Dejé que las lágrimas corrieran por mi cara, sin intentar detenerlas. Lentamente la oscuridad fue rodeándome y me adentré en la inconsciencia, solo para tener más pesadillas.
Cuando volví a abrir los ojos, lo primero que vi, fue la rendija de luz que se colaba por debajo de la puerta. Me extrañó estar allí, pero en cuanto recordé todo el día anterior, volví a sentirme horriblemente mal. Me entró la angustia y no conseguía respirar por mucho que intentase que el aire entrase y saliese de mis pulmones, pero mi pecho apenas se elevaba. Comencé a respirar ruidosamente y me incorporé hasta quedar de rodillas. Nunca recordaba haber tenido un despertar peor que aquel y era imposible que ningún otro lo superase. Debí hacer más ruido del que creía, porque unos segundos después se abrió la puerta. No fui capaz de levantar la cabeza, pero tampoco me hizo falta, sabía de sobra de quién era esa habitación. Él no dijo nada, yo no podía decir nada aunque quisiera. Me sentí aún peor mientras observaba sus converse negras en un silencio solo interrumpido por mi forzada y casi inexistente respiración. Me sentí peor porque sabía que él también estaba sufriendo. Y sabía que era por mi culpa. Lo sabía cada parte de mi ser, que agonizaba y sufría. Quizá fue por la falta de aire pero mi cuerpo comenzó a convulsionarse y las lágrimas de nuevo anegaron mis ojos. Traté de no pensar en lo ocurrido, el dolor no disminuyó. Aquella vida iba a ser horrible, mi vida, toda entera, hasta el final. Cuando conseguí levantar la cabeza unos centímetros y alcancé a verle el rostro se me cayó el alma a los pies. No recordaba haber visto nunca a Henry así. De hecho no recordaba haber visto nunca a nadie así. Tenía los ojos tan rojos e hinchados, que eran irreconocibles. Y aquel rostro al que amaba con locura estaba contraído y desfigurado por la pena. Con el pelo revuelto, las enormes ojeras y la ropa sucia, parecía no haber dormido en toda la noche. Aún se podían encontrar gotas húmedas en sus pestañas y en el cuello de su camiseta negra. Le miré directamente a los ojos y supuse que el dolor que se apreciaba en ellos era solo un reflejo del mío. Quería decirle todo con aquella mirada: que lo sentían y lo lamentaba con toda mi alma, que no quería que estuviese triste por mi culpa, que preferiría haber muerto yo en lugar de ellos, que aunque sabía que jamás me podría perdonar ni lo esperaba, al menos fuese capaz de mirarme a la cara sin sentir ese rencor y ese odio. Permanecimos así, mirándonos sin poder decir nada, durante un largo rato. Hasta que conseguí murmurar un par de palabras.
-Lo siento.
-Tú no tienes la culpa.- sin embargo lo dijo con un tono duro que expresaba justo lo contrario. Las lágrimas comenzaron a caer desde mi cara al suelo.
De repente su expresión se ablandó, y me pregunté que es lo que habría visto en mi rostro para reaccionar así. Sin darme cuenta, me encontré entre sus brazos, que me rodeaban más cariñosamente de lo que me merecía. Lloré sobre su hombro y creo que él lloró sobre mi pelo, porque cuando nos separamos, sentí la cabeza húmeda. Me secó dos lágrimas con los labios y me susurró muchas cosas al oído, cosas que eran demasiadas mentiras como para poder creerlas. Pero fingí que realmente las creía y no paró de abrazarme hasta que esbocé una pequeña sonrisa, aunque fue sin ganas. Me sentía horriblemente mal cada vez que pensaba que yo no merecía aquellos brazos que me estrechaban con fuerza, como si no fuesen a dejarme ir nunca. Deseaba que así fuera, pero me sentía demasiado sucia como para dejarle que cometiera ese error. Por eso, cuando sin previo aviso sentí sus labios a pocos centímetros de los míos, me aparté bruscamente. Un gemido de dolor se escapó de su boca al sentirse rechazado, aunque no se trataba de eso en absoluto. Yo le quería, pero debía hacer lo que era mejor para él precisamente por eso, porque le amaba con todo mi corazón.
